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Séptimo Capítulo:

La vida en el laboratorio.

El show de Ed Sullivan estrenó a Rosy, yo no sabía cómo atraerla para que ella se diera cuenta de mí. Había querido conocerla, charlar, pasar tiempo juntos, pero no sabía cómo hacer. En el día, todos nosotros títeres nos tenían en nuestras cajas y si no teníamos algún ensayo o show entonces descansábamos. Dormíamos, leíamos y esperábamos hasta el anochecer, cuando todo cambiaba. Se pueden imaginar nosotros los títeres, finalmente podíamos movernos y por la noche yo intentaba hacerme notar por Rosy. Sabía que a ella le gustaba la música y así una noche me fui debajo de su caja y les hice una serenata.

Pensé al instante que mis canciones les agradecían, escuchaba sus cantares siguiendo los motivos de mis canciones, los dos improvisamos unos duetos. Tuve la esperanza de que ella me correspondiera con deseos de conocerme. De momento abrí la tapa de la caja y allí tuve la visión más bella, ay Dios mío!

Me quedé sin aliento, hice un gran esfuerzo para hilvanar unas palabras congruentes, esperando de poder hacer una buena introducción, pero allí llego el pesado de Ino. Ino fue un ratoncito que Maria había confabulado como mi antagonista, era elegante, el clásico ratón de ciudad, con “savoir faire”, fascinante con una buena labia.

La razón de existencia de Ino era de exhibir mi anti retórica, auto desprecio y mi ingenio, esas calidades que tendrían que ser ensenadas a  los niños, según Maria. Honrar la vida de los valores, lejos del consumismo que en esos tiempos de los ‘60 dominaba la cultura. Maria tenía su razón en las teorías, pero en ese momento Ino con todas sus calidades de encantador supo cómo asombrar a Rosy, una ratoncita coqueta que les encantaba ser cortejada. Rosy no sabía que hacerse de un ratón torpe como yo, que no tenía la labia de juntar palabras! Además Ino era rico y tenía los bolsillos repletos de fichas, donde las había cogidos? Ino invitó a Rosy a la esquina donde se hallaban los pinball y el jukebox. Ella jugó con él, y naturalmente ganó, Ino la invito a bailar y de cualquier manera la enamoró.

Me quedé aterrado, viendo el naufragio de las ideas de Maria sobre los Valores de la Vida y irónicamente el auto-desprecio, que tenía que ayudarme a hacerme fuerte, en vez me destruyó. En ese momento me dio una nueva energía y reaccioné vistiéndome de Gigio con Afro, pantalones largos y un gorro de lana bajado hasta los ojos, cogí unos tambores y comencé’ a tocarlos para una danza peligrosa, que mi amiguito Michael Jackson me había ensenado.

A lo último, rehíce unas escenas de Nueva York, igualita a la que habíamos creado en el show de Ed Sullivan, donde exhibimos la música de Louis Armstrong. Enormes rascacielos tenían su propia vida bailando en perfecto Tip Tap. Transformando  sus pilastras en piernas sobre las cabezas de hombres con clásicos sombreros de fieltro, teniendo en sus manos unos guantes blancos, mientras que los cláxones de los carros  seguían el ritmo pasional de Louis Armstrong. Mis amigos títeres salieron todos de sus cajas aplaudiendo al final de mi estreno espectacular. Lo que más me tenía en mi corazón era lo más que pensaba Rosy, si, ella estaba aplaudiendo. Pero en vez de aprovechar de la ocasión me lucí con “Hasta luego!”.

Me salí de las fiestas, volví a mi cajita, naturalmente reconecté el juke box, de las grieta observé a Rosy.  Sorprendido la vi entrar a su caja en vez de volver a bailar con Ino con esa música lúgubre del jukebox. Esa noche me sentí victorioso, puedo decir que gané contra Ino uno a cero.

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