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Quinto Capítulo:

Topo Gigio quiere ser grande.

En los largos viajes, Maria abría la maleta en donde yo viajaba, y por estar cerca de ella me sacaba para no tener pliegas ni arrugas, así ella decía. Pero yo sabía que en la realidad ella no quería tenerme en la obscuridad encerrado en la maleta. Pero, infeliz, todavía estrenaba el camisón de noche cuando en el show, frente a 50 millones de espectadores, Ed me ponía a la cama y yo muy simpáticamente les pedía un lindo: “Ed… Edy… Dame un besos de la buenas noches...”. Esa frase se convirtió en el slogan de gran popularidad en  América de esos tiempos.  Yo me desvanecía con el amor de Ed y su dulce besito. Ese beso me hacía venir sueno y me hubiera encantado dormir, si no fuera por el camisón, una imagen maldita. Porque yo era un varoncito (más bien, extraño por ser una mezcla entre un ratoncito, una marioneta y un niño, pero siembre un varón). Y diferente a todos los otros niños en el mundo, tenía que usar el camisón en vez de un pijama.

Tenía que ponerme ese camisón muy ridículo, aún más ridículo por el gorrito de noche con el pompón. Hay chihuahua, que discriminación tan insoportable.

Esa noche en el tren, en el camarote, me dio valor y tomé la decisión de obtener también un pijama. Cogí las tijeras de Maria, entré en el la cabina de John (el productor) que estaba dormido, con suerte solo con los pantalones del pijama. La camisa del pijama estaba a los pies de la cama, con rapidez le corté unas piezas buscando de dejarlo lo más intacto posible. Así no se dieran cuenta, volví a mi cabina y con un la máquina de coser y cola me coci un pijama para ponérmelo el día después.

Seguro que no era de alta fabricación, pero para mí fue lo más lindo que podía desear, un pijama con rayas azules claras y azules oscuras. El sueño me llegó y estuve feliz profundo en imaginarme angelitos con pijamas de rayas, jugando con las nubes. De momento me asombre con los gritos de John, quien me despertó. Se pasó a la cabina como un rayo, culpando a Maria por el desastre del pijama, volándolo bajo de su nariz.

Todo el mudo era consciente que Maria no era una persona matutina, por eso estoy seguro que John había perdido la razón a entrar al camarote de Maria tan temprano, y además inculparla. Por primero Maria no entendió lo que John quería, luego al darse cuenta explotó en risa. Por primera vez en su vida, aún era todavía mañana. John salió del camarote dando un portazo, sin satisfacción de ser comprendido y sintiéndose ridiculizado. Maria me jaló de la mano y me reganó. Luego con un susurro me dijo: “Te piensas de ser real?”.

Que gran sorpresa! Cuando llegamos al hotel de Los Ángeles, además de las usuales flores y frutas, habían también traído un lindo pijama… que bello era de mi talla. John dejó una noticia confirmándome que Topo Gigio desde adelante podía usar el pijama en espectáculo, dándose cuenta que los niños de hoy se mejor identificaban con un ratoncito vestido como ellos.

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